Veo con mis ojos formas que ya conozco; formas que he aprendido a conocer. Ven mis ojos manchas sin definición, borradores de objetos, luz sincopada. Con mis ojos veo ruido, movimiento y velados detalles....o ninguno.
Peor, con mis ojos veo mis manos y soy capaz de atestiguar la historia de mi historia, la biología del ser, entender cada molécula. Con mis ojos puedo ver sólo lo más cercano, lo más íntimo, lo que nadie más podrá jamás entender. Mis manos me lo dicen todo y se callan; mis manos tienen los zurcos y las venas de las manos de mi papá. Pero mis líneas son solo mías. De nadie más. Igual que las manchas, las sombras, las uñas, la piel.
Mis ojos no ven, pero sienten.
martes, 18 de octubre de 2011
martes, 13 de septiembre de 2011
Sobre el árbol y la gelatina.
Alguna vez leí por ahí que criar adolescentes es como tratar de clavar gelatina a un árbol. Jamás se ha explicado este arduo trabajo con semejante claridad. Quienes sufren la forzada convivencia diaria con humanos de entre 13 y 18 años, entienden perfectamente a lo que me refiero; más aún si dentro de los parámetros de tal convivencia se estipula que además hay que guiarlos por el camino del bien, alimentarlos de cosas sanas, hacer de policías y enfermeras y asegurarse que no se mueran accidentalmente cada fin de semana. Es agotador, en verdad y, a la vez, una labor imposible. De ahi lo de la gelatina.
Los hijos, cuando chicos, son una maravilla. Me río en la cara de cualquiera que se queje porque su adorado bomboncito entró en la terrible etapa de los dos años (o los "terrible twos" como ya se le conoce universalmente en el mundo anglo-parlante), o porque ¡qué trabajo más agotador, corretear a mi peque de arriba para abajo, recogiendo juguetes!. ¡Já! les digo yo. Denme un bebé que corretear todo el día y montón de Legos que guardar en sus cajas, a cambio de lidiar con cambios hormonales, alcohol y cigarros escondidos, peligro de caer en el pozo sin retorno de la perdición (gracias a la compañía de dudosos personajes y total y absoluto desinterés en la escuela) y la peor actitud (ancho descaro el suyo, en serio, tras de que uno les da la vida y todo lo demás) que se haya visto nunca. ¡Vaya! al menos correteando chiquitos hace uno ejercicio, sin mencionar la enorme gratificación que recibimos por el simple hecho de que nuestro pequeñito de 3 años nos hace caso y cree ciegamente en todo lo que le decimos. ¿La mejor parte? ver el terror en su carita cuando nos enojamos por algo malo que hicieron... pues creen que, en realidad, su mundo se desploma cuando los regañamos y entonces ¡milagro! ya no lo vuelven a hacer..... (!!!!). Oh, dicha de las dichas, cuando la palabra de uno es la ley y puede uno obtener unos minutos de paz y tranquilidad gracias a la magia del "time-out" (o en español coloquial: "vete a tu cuarto, estás castigado").
Pero volviendo a los adolescentes; criarlos (o tratar de, al menos) es, en suma, una labor mental titánica. No te demanda realmente nada físicamente, pero lo que es mental y psicológicamente, se equipara a correr un maratón con obstáculos todos los días. Un hijo adolescente no te escucha y, cuando lo hace, parece que su cerebro procesara tus palabras en una especia de "spell-check" que omite dos de cada tres de ellas y, encima, inventa sus propias conclusiones. Cuando les dices "ok, puedes salir, pero primero recoge el tiradero que dejaste en la cocina y asegúrate de juntar toda tu ropa sucia en el cesto para que la pueda lavar", su programa de interpretación interno les dice: "ok, puedes salir, blah, blah, blah, blah, blah, y que te vaya bien". Apenas ayer en la noche, viví esta escena surreal con mi hijo de 14:
- Damián, tienes que ayudarme a sacar la basura.
- ¡Aaaaaagh! gggnnnshrrptltgh......
- Oye, tienes que ayudar ¿pues qué te pasa?
- ¡Ay! ¡no! ¡gggnnnñññ grrrlasmph!
.......(breve pausa y concluye).... No quiero.
Entonces yo digo, ¿cómo enseñarlos a hacer cosas, cómo inculcarles sentido de responsabilidad, de trabajo en equipo, de solidaridad, cuando ni siquiera sé hablar simio?
Pero no todo es el juego de poderes o la puesta en práctica de incontables lecturas sobre la maternidad, sus usos y disgustos y otros volúmenes, dignos de un doctorado en la materia. No; de pronto y sin pensarlo, los estándares que uno tenía para la vida, los valores, las certezas, se dan la vuelta completa, cual tortilla y nos vemos teniendo que desmentirnos a nosotros mismos pues, es claro que era normal que yo bebiera alcohol en las fiestas a los 15 años, o que fumara cigarrillos como chimenea afuera de la escuela, pero "¡ni se te ocurra meter alcohol en esta casa!" les gritamos cuando van a tener fiesta, o "¿qué haces fumando? ¿cómo se te ocurre hacer semejantes estupideces?", sermoneamos cuando les descubrimos la cajetilla de cigarros en su cuarto. Debemos, todos los días, ejercer un terrible dominio de nosotros mismos para dejarlos ser independientes y tomar responsabiilidades, al tiempo que nos afanamos por guiarlos por el "buen" camino (o sea, el nuestro) elogiando acciones, ayudándolos y vigilándonos (¿y si se cae? ¿y si se rompe?). Tratamos de darles lecciones disfrazadas de conversaciones triviales, al tiempo que les afirmamos que somos muy abiertos y liberales y nos pueden hablar de todo; pero luego no sabemos ni dónde meternos o cómo borrar el gesto de horror en la cara cuando, efectivamente, nos lo cuentan, como si cualquier cosa, y nos dejan mudos sin saber qué decir. Los hijos nos muestran de manera violenta y certera, lo imbéciles que somos y lo llenos de contradicciones que nos hemos vuelto. Y bueno; es comprensible. Después de todo, nosotros fuimos ellos apenas ayer, y hoy, con cierta tristeza, nos damos cuenta que nuestro tiempo terminó y es ahora su turno de comerse el mundo a bocados.
Y esto es cierto. Ahí está la prueba de que nosotros, los padres, hemos finalmente dejado la burbuja de la juventud; esa burbuja que nos duró como 20 años y en donde, no sólo éramos los dueños del mundo, sino que además éste gravitaba alrededor de nosotros. Nosotros éramos los protagonistas de la película, los héroes, los que íbamos a cambiar a la humanidad, el motivo por el cual existían las cosas, el arte, los nuevos descubrimientos, las revoluciones, la diversión. ¡Y qué momento para ser joven! con el avance de la tecnología, con el internet, con el mundo a tu alcance. Los niños crecen a una velocidad estremecedora y parece que sucede porque, evolutivamente, sabemos que el mundo se acabará pronto y entonces tenemos que sacarle el mayor jugo posible a nuestra presencia en él. O no. Seguramente habrá muchas personas que estén en desacuerdo con esta afirmación; imagino gente de la generación de mis padres, diciendo que las cosas se desarrollaban igual de rápido cuando nos vieron crecer a nosotros. Pero no dejo de pensar que es ahora un poco diferente; dificultándo más las cosas el hecho de que nuestra generación ha resultado ser exageradamente apologética y permisiva con sus hijos, negligente a la hora de pasar tiempo con ellos, ridículamente sobreprotectora y freudianamente culposa... y ahora estamos pagando extra, además, teniendo que ser coherentes a la hora de "educarlos" durante esta tortuosa edad.
Pero como diría Rousseau: "La juventud es el momento de estudiar la sabiduría: la vejez el de practicarla"; entonces tal vez (tal vez), lo que estamos haciendo tenga un orígen válido, una dirección concreta, cierta chispa de sabiduría. Ya lo comprobaremos en algunos años. Mientras, no nos queda más que tratar de reabastecer el tanque neuronal durante la noche (¿ya se explican porqué sufrimos de insomnio?) y afilar las herramientas durante el día.... a ver con cual de todas podremos lidiar con la gelatina.
Los hijos, cuando chicos, son una maravilla. Me río en la cara de cualquiera que se queje porque su adorado bomboncito entró en la terrible etapa de los dos años (o los "terrible twos" como ya se le conoce universalmente en el mundo anglo-parlante), o porque ¡qué trabajo más agotador, corretear a mi peque de arriba para abajo, recogiendo juguetes!. ¡Já! les digo yo. Denme un bebé que corretear todo el día y montón de Legos que guardar en sus cajas, a cambio de lidiar con cambios hormonales, alcohol y cigarros escondidos, peligro de caer en el pozo sin retorno de la perdición (gracias a la compañía de dudosos personajes y total y absoluto desinterés en la escuela) y la peor actitud (ancho descaro el suyo, en serio, tras de que uno les da la vida y todo lo demás) que se haya visto nunca. ¡Vaya! al menos correteando chiquitos hace uno ejercicio, sin mencionar la enorme gratificación que recibimos por el simple hecho de que nuestro pequeñito de 3 años nos hace caso y cree ciegamente en todo lo que le decimos. ¿La mejor parte? ver el terror en su carita cuando nos enojamos por algo malo que hicieron... pues creen que, en realidad, su mundo se desploma cuando los regañamos y entonces ¡milagro! ya no lo vuelven a hacer..... (!!!!). Oh, dicha de las dichas, cuando la palabra de uno es la ley y puede uno obtener unos minutos de paz y tranquilidad gracias a la magia del "time-out" (o en español coloquial: "vete a tu cuarto, estás castigado").
Pero volviendo a los adolescentes; criarlos (o tratar de, al menos) es, en suma, una labor mental titánica. No te demanda realmente nada físicamente, pero lo que es mental y psicológicamente, se equipara a correr un maratón con obstáculos todos los días. Un hijo adolescente no te escucha y, cuando lo hace, parece que su cerebro procesara tus palabras en una especia de "spell-check" que omite dos de cada tres de ellas y, encima, inventa sus propias conclusiones. Cuando les dices "ok, puedes salir, pero primero recoge el tiradero que dejaste en la cocina y asegúrate de juntar toda tu ropa sucia en el cesto para que la pueda lavar", su programa de interpretación interno les dice: "ok, puedes salir, blah, blah, blah, blah, blah, y que te vaya bien". Apenas ayer en la noche, viví esta escena surreal con mi hijo de 14:
- Damián, tienes que ayudarme a sacar la basura.
- ¡Aaaaaagh! gggnnnshrrptltgh......
- Oye, tienes que ayudar ¿pues qué te pasa?
- ¡Ay! ¡no! ¡gggnnnñññ grrrlasmph!
.......(breve pausa y concluye).... No quiero.
Entonces yo digo, ¿cómo enseñarlos a hacer cosas, cómo inculcarles sentido de responsabilidad, de trabajo en equipo, de solidaridad, cuando ni siquiera sé hablar simio?
Pero no todo es el juego de poderes o la puesta en práctica de incontables lecturas sobre la maternidad, sus usos y disgustos y otros volúmenes, dignos de un doctorado en la materia. No; de pronto y sin pensarlo, los estándares que uno tenía para la vida, los valores, las certezas, se dan la vuelta completa, cual tortilla y nos vemos teniendo que desmentirnos a nosotros mismos pues, es claro que era normal que yo bebiera alcohol en las fiestas a los 15 años, o que fumara cigarrillos como chimenea afuera de la escuela, pero "¡ni se te ocurra meter alcohol en esta casa!" les gritamos cuando van a tener fiesta, o "¿qué haces fumando? ¿cómo se te ocurre hacer semejantes estupideces?", sermoneamos cuando les descubrimos la cajetilla de cigarros en su cuarto. Debemos, todos los días, ejercer un terrible dominio de nosotros mismos para dejarlos ser independientes y tomar responsabiilidades, al tiempo que nos afanamos por guiarlos por el "buen" camino (o sea, el nuestro) elogiando acciones, ayudándolos y vigilándonos (¿y si se cae? ¿y si se rompe?). Tratamos de darles lecciones disfrazadas de conversaciones triviales, al tiempo que les afirmamos que somos muy abiertos y liberales y nos pueden hablar de todo; pero luego no sabemos ni dónde meternos o cómo borrar el gesto de horror en la cara cuando, efectivamente, nos lo cuentan, como si cualquier cosa, y nos dejan mudos sin saber qué decir. Los hijos nos muestran de manera violenta y certera, lo imbéciles que somos y lo llenos de contradicciones que nos hemos vuelto. Y bueno; es comprensible. Después de todo, nosotros fuimos ellos apenas ayer, y hoy, con cierta tristeza, nos damos cuenta que nuestro tiempo terminó y es ahora su turno de comerse el mundo a bocados.
Y esto es cierto. Ahí está la prueba de que nosotros, los padres, hemos finalmente dejado la burbuja de la juventud; esa burbuja que nos duró como 20 años y en donde, no sólo éramos los dueños del mundo, sino que además éste gravitaba alrededor de nosotros. Nosotros éramos los protagonistas de la película, los héroes, los que íbamos a cambiar a la humanidad, el motivo por el cual existían las cosas, el arte, los nuevos descubrimientos, las revoluciones, la diversión. ¡Y qué momento para ser joven! con el avance de la tecnología, con el internet, con el mundo a tu alcance. Los niños crecen a una velocidad estremecedora y parece que sucede porque, evolutivamente, sabemos que el mundo se acabará pronto y entonces tenemos que sacarle el mayor jugo posible a nuestra presencia en él. O no. Seguramente habrá muchas personas que estén en desacuerdo con esta afirmación; imagino gente de la generación de mis padres, diciendo que las cosas se desarrollaban igual de rápido cuando nos vieron crecer a nosotros. Pero no dejo de pensar que es ahora un poco diferente; dificultándo más las cosas el hecho de que nuestra generación ha resultado ser exageradamente apologética y permisiva con sus hijos, negligente a la hora de pasar tiempo con ellos, ridículamente sobreprotectora y freudianamente culposa... y ahora estamos pagando extra, además, teniendo que ser coherentes a la hora de "educarlos" durante esta tortuosa edad.
Pero como diría Rousseau: "La juventud es el momento de estudiar la sabiduría: la vejez el de practicarla"; entonces tal vez (tal vez), lo que estamos haciendo tenga un orígen válido, una dirección concreta, cierta chispa de sabiduría. Ya lo comprobaremos en algunos años. Mientras, no nos queda más que tratar de reabastecer el tanque neuronal durante la noche (¿ya se explican porqué sufrimos de insomnio?) y afilar las herramientas durante el día.... a ver con cual de todas podremos lidiar con la gelatina.
viernes, 29 de julio de 2011
amanecer
Parecen tormentas, cielos grises, pesados sacos de arena.
Las venas se atascan de un imposible tráfico sanguíneo.... nada las alivia.
Atlas es mi hermano; siento su peso y su necesidad.
La luz es siempre el anuncio del día, sin embargo me lastima los ojos
y presagia el mismo dolor de siempre; como una muela mal atendida.
Nadie está presente, nada se ha escrito
sin embargo, el concurso está perdido porque nada le gana a un árbol.
Nos sentimos tan pequeños junto a la vida...
Las venas se atascan de un imposible tráfico sanguíneo.... nada las alivia.
Atlas es mi hermano; siento su peso y su necesidad.
La luz es siempre el anuncio del día, sin embargo me lastima los ojos
y presagia el mismo dolor de siempre; como una muela mal atendida.
Nadie está presente, nada se ha escrito
sin embargo, el concurso está perdido porque nada le gana a un árbol.
Nos sentimos tan pequeños junto a la vida...
viernes, 17 de junio de 2011
Anoche soñé
Soñé que llegábamos de un viaje, o que recogía yo a Fernando, y en el avión venía mi papá. Me causaba eso mucha sorpresa, pues él había venido recientemente, de visita; solo que, esta vez, no me había avisado y venía solo.
En mi apuro por irnos a donde teníamos planeado, lo dejé todo desacomodado en mi cabeza y Fernando y yo nos fuimos. Por supuesto, no tardé mucho en caer en la cuenta de que, sin quererlo, había yo dejado a mi papá, quien jamás viaja solo y no se puede hacer entender más que en español, varado en algún lugar entre el avión y cualquiera que hubiera sido su destino final. Sin embargo, algo no checaba: él no me avisó (1), no parecía ni nervioso ni asustado (2). Muy extraño todo. Decidí entonces que había hecho este viaje con la intención de sorprenderme y que, coincidentemente, habían venido los dos en el mismo avión.
Me decidí a buscarlo, abandonando lo que estaba haciendo y las prisas por llegar. Repasaba en mi cabeza el dialogo natural que, en circunstancias normales y enteramente lógicas, hubiera sostenido con él cuando me lo encontré: ¿Pero qué haces aquí? ¿Porqué no me avisaste que venias? ¿Tienes equipaje?. Y el ya me explicaría que no, que ha querido darme una sorpresa y se ha arruinado por tal coincidencia; que ya ha hecho arreglos para su estancia y que se quedará en el departamento que está vacío. Me dirá que no me preocupe, pues ya él se hizo cargo de todo.
Pero esto de los sueños no funciona con ninguna lógica y este diálogo lo he sostenido yo dormida con mi mente semi-despierta. La realidad...no real de mi sueño, es que yo he vuelto a la costa, donde existe un edificio de departamentos, donde me he encontrado con la hija de una amiga muy querida de Westport, con quien he platicado y le he contado de los eventos de esa mañana (que ya han pasado varias horas, por cierto) y ahí estamos, merodeando alrededor de uno de esos departamentos, pues Arianne me dice que ella no ha visto ni oído nada y piensa que el lugar está vacío.
Me invade cierto miedo y culpa: abandoné a mi papá; lo dejé solo por estar con las prisas de mi vida y él, que tan solo quería venir a verme...
Atisbando por una ventana, distingo la esquina de una cama que, en principio, muestra la planchada estiradez de una cama perfectamente hecha, pero mientras mis ojos se deslizan en diagonal en un panning cinematográfico (de esos de los que se sirven para causar suspenso y expectativa en el público) poco a poco se nos revela que no, que la cama está deshecha y que alguien ha dormido ahí. Esto me llena de alivio; quiere decir que mi padre supo salir del avión, recuperar su equipaje y llegar sano y salvo a su destino. Una discreta mirada hacia el balcón, lo descubre finalmente, descansando en una silla, con sus pants, arropado en su bata calientita, leyendo el periódico....su cigarro entre los dedos.
Entiendo entonces: mi padre ha venido a visitarme una mañana cualquiera, como hacía yo hace tiempo, y me espera sentado, con café recién hecho, para comentar las noticias del día.
En mi apuro por irnos a donde teníamos planeado, lo dejé todo desacomodado en mi cabeza y Fernando y yo nos fuimos. Por supuesto, no tardé mucho en caer en la cuenta de que, sin quererlo, había yo dejado a mi papá, quien jamás viaja solo y no se puede hacer entender más que en español, varado en algún lugar entre el avión y cualquiera que hubiera sido su destino final. Sin embargo, algo no checaba: él no me avisó (1), no parecía ni nervioso ni asustado (2). Muy extraño todo. Decidí entonces que había hecho este viaje con la intención de sorprenderme y que, coincidentemente, habían venido los dos en el mismo avión.
Me decidí a buscarlo, abandonando lo que estaba haciendo y las prisas por llegar. Repasaba en mi cabeza el dialogo natural que, en circunstancias normales y enteramente lógicas, hubiera sostenido con él cuando me lo encontré: ¿Pero qué haces aquí? ¿Porqué no me avisaste que venias? ¿Tienes equipaje?. Y el ya me explicaría que no, que ha querido darme una sorpresa y se ha arruinado por tal coincidencia; que ya ha hecho arreglos para su estancia y que se quedará en el departamento que está vacío. Me dirá que no me preocupe, pues ya él se hizo cargo de todo.
Pero esto de los sueños no funciona con ninguna lógica y este diálogo lo he sostenido yo dormida con mi mente semi-despierta. La realidad...no real de mi sueño, es que yo he vuelto a la costa, donde existe un edificio de departamentos, donde me he encontrado con la hija de una amiga muy querida de Westport, con quien he platicado y le he contado de los eventos de esa mañana (que ya han pasado varias horas, por cierto) y ahí estamos, merodeando alrededor de uno de esos departamentos, pues Arianne me dice que ella no ha visto ni oído nada y piensa que el lugar está vacío.
Me invade cierto miedo y culpa: abandoné a mi papá; lo dejé solo por estar con las prisas de mi vida y él, que tan solo quería venir a verme...
Atisbando por una ventana, distingo la esquina de una cama que, en principio, muestra la planchada estiradez de una cama perfectamente hecha, pero mientras mis ojos se deslizan en diagonal en un panning cinematográfico (de esos de los que se sirven para causar suspenso y expectativa en el público) poco a poco se nos revela que no, que la cama está deshecha y que alguien ha dormido ahí. Esto me llena de alivio; quiere decir que mi padre supo salir del avión, recuperar su equipaje y llegar sano y salvo a su destino. Una discreta mirada hacia el balcón, lo descubre finalmente, descansando en una silla, con sus pants, arropado en su bata calientita, leyendo el periódico....su cigarro entre los dedos.
Entiendo entonces: mi padre ha venido a visitarme una mañana cualquiera, como hacía yo hace tiempo, y me espera sentado, con café recién hecho, para comentar las noticias del día.
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